Sobre las paredes de adobe ya tendidas
crecen cardos y amapolas.
Pasó el tiempo, y dejó un rastro inerte.
que fue orgullo.
Olvido, hoy, vacío de memoria.
Se hacen tierra los hombres con sus paredes.
Abarca la propiedad del horizonte solo un ciprés.
Se desvanecen los sueños
y la luz rebela un nuevo paisaje proyectado.
Urbano, indoloro y fugaz.
Y nosotros, hijos errantes de una tribu
caminamos por la ribera en busca de paz.
Entre dos mundos que clavan sus dardos
en nuestras carnes.
Encadenados en un tiempo pasajero.
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