lunes, 31 de octubre de 2011

EL ARCA EN MI MEMORIA



 Tenía veintitantos años, un oficio y tres hijos ya,  pero la insatisfacción de pertenecer a un mundo caótico, y tener una visión dolorosa del futuro, me hacían un peso pesado del pesimismo.
Conocimos en aquel tiempo a Lanza del Vasto, filósofo, resuelto trabajador por la suprema libertad en el ser humano, discípulo directo de Gandhi, y propulsor de unas comunidades humanas que ejercían  “la no violencia” como una necesaria forma de relación.
El trabajo campesino, el oficio artesano, la cultura activa eran directrices que movían el día a día de los distintos grupos de compañeros. Eran comunidades donde los miembros cumplían votos y  desarrollaban una espiritualidad universal por encima de las diferentes religiones de cada uno.
En el 81 murió el hombre en La longuera. Unos meses después entré a formar parte de aquel grupo, con toda la familia. Aún sin votos,  pude vivir  durante años una experiencia que me ha acompañado hasta hoy.



LA MEMORIA

Amanecía una mañana de primavera después de un largo viaje desde el norte. El normal cansancio, había dado paso a una ligera excitación de llegar al final del viaje.
(Por entonces apenas intuíamos que el viaje duraba toda la vida.)
El calor ya amenazaba  sobre aquella primera hora, aún fresca.
El camino pasaba sobre una pequeña torrentera por la que bajaba un palmo de agua. Dos roderas de vehículos salían, al otro lado, subiendo una ligera pendiente. Un rebaño, esparcido en la ladera, buscaba los brotes tiernos de la noche.
El futuro se me presentaba en los baches profundos del camino, en la sequedad del aire bajo los olivos, en la soledad de aquel pequeño valle entre cerros. El árido  paisaje se mantiene hasta remontar una pequeña cuesta que nos deja literalmente colgados sobre las márgenes profundas y exuberantes del río Segura
Paramos el motor. Silencio. Un águila volaba sobre el valle, delante de  nuestra mirada.
Suena un campanil lejano que parece darnos la bienvenida aún antes de habernos visto. El cortijo se despertaba a lo lejos.
Nos esperaban, pero no en la mañana. Habíamos tomado la decisión de viajar con los niños de noche, para acortarles el viaje.
Retomamos el camino. Despacio, rodamos hacia las casas.
Paramos el motor antes de llegar, en un pequeño entrante.
Salimos del coche estirándonos después de doce horas de viaje.
Charo se aprestó a colocar las ropas de  Eva, las coletas de Valle. Noé miraba el camino por donde habíamos llegado, era una pista maderera colgada en la vertical  de un estrechamiento del valle; desaparecía detrás de una pared para volver a aparecer un poco mas arriba, una vez y otra.
Caminamos hacia las casas.  Sentía las piernas tensas pero aquel silencio me llenaba de  un extraño sentimiento de paz.
Mivako volvía a su casa en aquel momento por un pasadizo que separaba el edificio del camino, se agachó bajo el puentecillo que daba entrada a la casa que luego conoceríamos. Nos saludó cordial  viniendo a nuestro encuentro  y nos besó efusivamente.
Mas tarde supe que en la cultura japonesa el beso es un acto que no se prodiga y ella lo había encontrado en la nuestra con sana alegría.
 Nos llevó luego hacia el centro del poblado donde invitó a los niños a tocar el campanil. Es la llamada de las ocho. Dijo, buscando el sol con la mirada. Se adelantó unos pasos, cerró los ojos y respiró profundamente bebiendo toda la energía naciente del día. Permaneció extática, relajada, en silencio ante la mirada curiosa de los más pequeños. En su corta experiencia, por primera vez veían una persona oriental, inmersa en un ritual extraño, en un valle solitario lejos de casa. 
Terminó la  llamada, y empezaron a abrirse puertas y acudir gente, algunos con herramientas, saludaban y se dirigían  hacia distintos puntos, talleres y trabajos. Los hombres eran casi  todos jóvenes, todos vestían sandalias de cuero basto. Las chicas usaban faldas largas y la mayoría  tenía  largos cabellos.
Maite salió a recibirnos con brazos abiertos. No sospechaba yo entonces que su amistad me iba a acompañar durante tantos años. Extrañaba  nuestra llegada en hora tan temprana,  pero nos inundó con su sentimiento de acogida y nos sentimos bienvenidos.
  
LA LONGUERA



La Longuera es un antiguo cortijo de propiedad comunal a orillas del río Segura, con sus tierras de labor.  Está circundada  por pequeños riscos donde crecen  pinos y matojos. Los campos de cultivo de cereal están en las zonas altas, y una gran franja de regadío se abre en un vallecito al pie de las casas construidas mirando al sur, en la ladera.
Nos asignaron un pequeño apartamento hecho en los desvanes. Tenía una ventana sobre el valle,  una estufa de leña  para el invierno y un cierto sabor de simplicidad poética   

No tardamos demasiado en vivir con naturalidad el nuevo ritual y las costumbres tribales. El yoga al amanecer, el trabajo sin nómina, las comidas en común, la hoguera al caer la tarde, los encuentros y hasta las fiestas, todo estaba impregnado de una presencia que nos hacía sentir  la simplicidad de la vida. Nada era ajeno, nada nos empujaba.
Trabajaba como carpintero con Benoite, un muchacho belga que me enseñaba a dibujar para la talla y con quien construí  mano a mano el primer telar. A veces ayudaba a Esperanza, “mujer bioquímica” quien se  encargaba de las pequeñas obras y la construcción, otras era Paco y su proyecto de acequia quien necesitaba una mano, un pico y una pala. Otras veces el campo nos reclamaba a todos para cosechar el arroz o recoger la aceituna.
Los niños eran ocho. Habíamos hecho en un cuarto sobre la cocina una pequeña escuela que Carrión llevaba con una enorme vocación y una gran dosis de guitarra.
Los días se sucedían en una paz que creábamos, a espaldas del mundo.
La falta de luz eléctrica nos hacía vivir con el sol. La falta de ayudas en el trabajo generaba músculo, potenciaba el bienestar físico y desarrollaba la imaginación. El entorno, apartado de todo ruido, bañado por las aguas cristalinas del río, donde los niños jugaban y aprendían, era algo parecido a un paraíso, donde se cosechaba, se amasaba y se  cocía  el pan negro que comíamos con aceite.

Las noticias las traían gentes que pasaban  días  entre nosotros, ayudando en las tareas y compartiendo. Eran noticieros de un mundo lejano, extraño, pero que  nos pertenecía. Queríamos dejar atrás algo  que era nuestro,  tan enajenado como nosotros mismos, encontrar una nueva manera de relacionarnos con el entorno. Buscando en nuestros límites e incoherencias, encontrábamos  los excesos generales del momento.
En los encuentros se hablaba de la vida que cada uno dejaba al otro lado, del lado de las familias y los amigos vecinos. De la visión que te hacía tomar tal decisión. De las certezas y las dudas que te acompañaban.
Nos conocíamos y aprendíamos todos los días a conocernos mejor, a comprender las carencias y generar la disposición que te permite ayudar, y así  poder ayudarte. No había más misterio.




EN  ALBACETE
Me encontré envuelto en mi poncho en medio de aquel universo, en una acción pública  con los compañeros de lista.
Era el cruce más comercial de la ciudad manchega, seis de la tarde de un día treinta y uno de diciembre frío y seco. Moría el año 1981.
Luces, belenes, abetos con bolas y guirnaldas adornaban todos los escaparates de las calles a concurso.
Las aceras anchas y peatonales eran cauces en todas direcciones, la gente iba y venía distraída en sus compras, en conversaciones sobre sus compras. Hacía un frío intenso que empujaba las aceras. Nosotros, en ayuno todo el día, permanecíamos de pie, en silencio, detrás de una pancarta. Yo, a veces, cerraba los ojos. No sentía mis pies descalzos.
El mundo es  injusto. Debemos de tomar conciencia de la injusticia, para poder paliarla.  Tenemos la obligación de hacerle frente, con los brazos caídos, sin agresividad en la mirada, sin lucha.
Desarrollar en nosotros  fuerza de  espíritu y darnos como espectáculo cruel, al consumo tibio de los satisfechos. Provocar.
Eso pensaba cuando veía pasar ante mí aquel río de gentes con sus bolsas rebosantes, enfundadas en sus pieles, en sus gabanes, a la última moda del momento.  Leia un rictus de desprecio en  algunos, cierta risa abierta en grupos de adolescentes que pasaban.
El frío y la inmovilidad me hacían daño, pero podía oler entre aquellas cuatro esquinas la incomodidad que provocaba nuestra acción.
Aquella sociedad provinciana y bienpensante no podía entender nuestra insatisfacción y nuestra rebeldía, ni admitir nuestra presencia contestataria en aquellos momentos de euforia. Y de ese hecho, obteníamos la fuerza.
A veces alguien se paraba a nuestro lado y el frío se desvanecía ante un nuevo empuje que sentías como una  mano transmisora de una verdad ecuménica, viva en muchos corazones.
 Nuestra juventud y nuestra cuidada fortaleza nos habían llevado a dar un testimonio  que, entre nosotros llegábamos a vivir con tonto orgullo, pero cuando una viejecita se paraba un momento a tu lado y sentías su ánimo y su sentimiento, podías recoger de su desvalida presencia toda esa energía de la vida que busca permanecer. Y te sentías contento de poder poner voz a todos aquellos que no la tienen. Una voz honda, hija de la sabiduría esparcida en todas las culturas religiosas del mundo. Una voz antigua, renovada,  contracultural  en la forma, pero que anhela la paz como el bien mas preciado.
El pelo largo, la barba sin cuidar, pantalones de algodón, sandalias y una manta campesina abierta y ribeteada por Charo en su papel de esposa y amiga, capaz de hacer en su entorno con lo más simple, un bello poema.
La voz, aquel día era  silencio.

Lanza del Vasto decía con sus palabras y su tono siciliano:
“Si devuelves mal por mal, no reparas el mal: lo duplicas.
¿Cómo puedes llamar bien al mal que devuelves?
Si para castigar al asesino, lo matas, no devolverás por eso la vida a su víctima. Habrá dos muertes en vez de una y dos asesinos: él y tú.
¿Cómo puedes afirmar que es un mal menor, cuando tu justicia exige un castigo igual al crimen?
¿Cómo puedes creer que es un modo de detener el mal, cuando tú mismo agregas un eslabón al que irán a unirse otros más?
Ya que el vencido aguarda su hora para tomarse el desquite
Si lo suprimes, lo vengará su hermano.
Si lo reduces a la servidumbre, te verás atado al otro extremo de la cuerda.
La violencia es un encadenamiento. El que piensa liberarse por su medio, forja su propia cadena.”
No, no era un camino fácil ni falto de especulaciones. Encontrar la propia paz, vivir en el grupo, compartir las necesidades, lograr la comunicación era una realidad posible, pero en el día a día se desvelaba como una utopía que el hombre busca y anhela, mientras pasa la hoja del calendario.




PARA ELISA

Pilar dio a luz una niña sin esperanza de vida. Las malformaciones de la natal eran insalvables. Durante veinte días, la comunidad  fue sometida a la prueba terrible de la duda. En el hospital, la máquina seguía moviendo la sangre de aquel pequeño corazón apagado mientras los padres buscaban sin remedio un  signo,  una respuesta, un milagro.
A los veinte días, con gran coraje y todo el dolor  de una madre tomó al bebé en sus brazos  y llegaron al cortijo a mediodía. Nos comunicábamos
a media voz. Esperábamos lo inevitable.
Era media tarde cuando hicieron sonar la campana.



Se llena de silencios y cae como un torbellino
 el tiempo en el mundo de la materia.
Y tú, Elisa, ausente en tu gélido mármol vivido,
desde un mundo de transparencia, nos ofreces la vida
como un perfume pasajero que se evapora en la penumbra del otoño
como un aleteo que se aleja tras sobrevolarnos.

Y al borde, con los ojos redondos como lunas
Recorremos el asombro, absortos en ese eco que se aleja.




Subimos  por un pequeño sendero en silencio, hasta el pequeño alto donde había crecido un corro de  pinos. Algunos se habían adelantado en la mañana  y habían cavado la pequeña fosa. Los carpinteros hicimos una pequeña caja de pino que Benoite talló con la cruz.

Alguien entonó un canto de cuna, una plegaria, un poema, lágrimas de silencio, un suspiro.
Las emociones de aquellos días, con el blanco telón de la muerte  al fondo de nuestro escenario, las llevaré vivas hasta mi propia muerte.



LOS  CHORREONES  EN  LA  TARDE

Caminábamos por la orilla del río hasta las cuevas. En aquella zona el agua mansa de la corriente se convertía en rápidos que en ciertas épocas eran transitables a pie descalzo. Cruzando el río podías llegar a un paraje de una simple pero auténtica belleza.
Me gustaba permanecer allí  contemplando la tarde.
El agua cantaba en un murmullo al gotear desde distintas alturas, al pasar de la pileta al pequeño estanque  abierto.

El musgo que adorna las paredes da frescura en la calima. En la superficie del agua, entre plantas y el constante movimiento de los zapateros se refleja imprecisa  la luz del aire. Una ligera brisa cálida mueve la  higuera nacida en un nudo de rocas. Luego se espesa el aire entre un zumbido de moscas y el goteo del agua.  Una flor, de un rosa desvaído, flota temblorosa mientras se acerca.
La libélula ha muerto; con sus membranosas alas extendidas y sus ojos color de liquen, la ha varado el agua, sin yo darme cuenta, a mis pies como respuesta. Su vuelo y su vida han sido en este paisaje pequeño un instante  de belleza.

Pero la vida cotidiana en el cortijo no estaba exenta de vicisitudes y de  íntimos enfrentamientos. Nuestra juventud  varada a orillas del mundo no estaba hecha para solo ser felices, cultivar la belleza y el campo y dar la espalda a otras realidades. No podíamos negar nuestro pasado, ni olvidar lo que te empujaba. Cada uno vivía alimentando su ambición, ya fuera religiosa, social o existencial. Cada uno se enfrentaba cada día, al personaje que alimentaba, y esa lucha se traducía en una visión crítica  y radical de todo, al final la perfección está más allá de nuestras posibilidades y hay que aprender a aceptarlo.

Es cierto que en grupos como estos, en los que los protagonistas pasan a ser una parte de todo, nace de forma espontánea un cierto grado de sectarismo, En  el arca ese espíritu vanidoso solo se sustentaba en  rémoras individuales mas que en la filosofía y la política del grupo, como grupo.
Es imposible ser sectario si mantienes un pensamiento global y tomas conciencia cada día de la pequeñez del ser humano ante sus propios retos de supervivencia; pero cuando uno es joven, la propia fortaleza y la natural inconsistencia  hacen  ver el camino como una conquista personal  de la que sentirse orgulloso  y en ese humus nace sola la pasión:
Haces un ayuno voluntario de varios días para destacar el gasto bélico al que está sometida nuestra sociedad, y la acción  se establece casi como un enfrentamiento en el que tú acabas estando fuera de esa misma sociedad, casi proscrito por ella, mudo. Por ello te sientes aureolado en tu propio entorno, acabas aceptando, al fin, una imagen que no te corresponde, y empieza otra vez el baile de la insatisfacción  personal. Y la vida sigue…
Desde entonces mantengo que el maestro solo enseña cuando el otro aprende, y como alumno siempre fui  más bien lento. Viví aquella enseñanza y fui aprendiendo a vivir, aún equivocado.
Aquella experiencia, vivida con pasión de juventud, no pasó sin dejar en mí una profunda huella que advierto.
Aún en el desencuentro, y en las dudas de lo vivido, aún en los tiempos en que la subsistencia me empujó por otros derroteros, la semilla  del trabajo laborioso, y la aceptación de la diferencia han ido creciendo y marcando la labor de mí existencia.
Apartado en la penumbra y aprendiendo de ella, voy viendo evolucionar el mundo, aunque no sepa con certeza dónde va.








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