Pablo Baranda
sábado, 2 de febrero de 2013
Mas tarde
Han pasado muchos meses.
El silencio, y el descanso necesario, se hicieron cárcel de una realidad que nos viene conduciendo hacia un mundo sin ética, un mundo donde la palabra se queda en un sueño evanescente y lejano. Huye el ánimo para la comunicación y el desvelo da paso a una marcha sin ojos en una noche llena de desvaríos.
Así ha sido siempre. Tiempos de reflexión y de paz interior se han sucedido a tiempos de penuria donde lo humano se corrompe y degrada la lenta y dificil evolución de los pueblos. Y el hombre, como individuo y ciudadanoo lo sufre. Y la lucha se convierte en dolor.
Un signo te empuja al camino. Una voz. Una palabra callada. Nada es eterno, todo cambia. La vida cambia a cada paso y no es bueno dejarse vencer por la bebilidad o el cansancio.
La política de la que hacen gala nuestros vecinos, se impone. Da miedo la ignorancia y la mentira que siembran. Un modelo de comunidad, donde el poder se mantiene en el cerco de una minoría que se hace necesaria, que decide y desarrolla leyes que nos empujan. Que hacen pervivir las clases y solo accede a las elites quien lo hace sin escrúpulos; quien sirve sin más.
Estamos en un tiempo nuevo. Para hablar, encontrar el lenguaje que nos haga partícipes de un futuro de paz.
"La poesía no debe ser, sin pecado, un adorno."
domingo, 6 de noviembre de 2011
SOBRE EL VIAJE
Esta manía de contar y pensar en alto, dejando conflictos y errores descarnados sobre la mesa y el tiempo, es posible que para muchas personas sea una insensatez, pero hay cosas que no tienen remedio, y siempre encuentras un interlocutor silencioso que te ayuda a entender un poco más, a aceptar la historia o a creer en el destino. Te engancha.
Poesía es emoción, sentimiento, humanidad a veces radiante, anodina otras, atada a desvelos temporales.
Vivimos en un mundo sembrado de miedo, atenazado por la codicia, amenazado por recortes en los derechos fundamentales.
La falta de solidaridad nos hace débiles, solos y aislados en nuestra pequeñez como ciudadanos.
Hace tiempo que tengo una visión de hombres con futuro, que sienten el porvenir como algo por hacer, como una certeza, un encadenamiento de opciones de vida, que se cumplen y se abren a otras. Hombres que se echan a andar, de espaldas a la corriente del pánico.
Lo que pase mañana, lo decidimos hoy. Y todo empieza por mirar con quienes vas. Quienes son tus compañeros de ruta.
viernes, 4 de noviembre de 2011
NOVIEMBRE
Ya ha entrado noviembre y seguimos con un tiempo de verano
tardío. La inestabilidad de este año en el mes de agosto ha dado paso a un
otoño largo con días de sol limpio que
nos depara unos mediodías muy agradables.
La lluvia suave de ayer
ayudó al nacimiento de las primeras setas. El prau de las ocas está salpicado
de champiñones, y hemos visto un corro de macrolepiotas que abrirán entre mañana y pasado. Hemos cogido unos cestos de
nueces, manzanas, castañas y la parte de cosecha del kiwi a la que alcanzaban
las gallinas.
Ayer encontramos en el
camino del molino, ya casi en el
puente de madera que cruza el Viacaba un
corzo muerto por la herida de un disparo. Posiblemente escapó a morir lejos de
la partida de caza que le alcanzó. El bosque
es un lugar inhóspito y difícil
para gente no avezada. Solo
las escopetas dan alcance a estos animales. Aunque hay demasiadas.
Hoy Runa, paseando por el
valle, salió corriendo detrás de uno, con cornamenta ya, que comía plácido tras
unos matos. Con una carrera elegante enseñando su grupa blanca a través de los praos de la ribera buscó la forma de pasar al otro
lado del río y se perdió en la floresta.
Ayer fue un zorro el que escapó a la carrera. Esta joven Runa es ágil y fuerte y está cubriendo bien la defensa de un territorio muy amplio. Cada día está más integrada y no es agresiva, aunque sigue siendo un poco tímida con las gentes que vienen de visita, a ver los talleres o descansar en los apartamentos.
Hoy, es día de suaves
aguaceros y sol huidizo, muy bueno para las setas y el verde de los praos.
Hay aún bastante hoja y estamos ya en la mitad del otoño…
jueves, 3 de noviembre de 2011
CANELA
El día de Santiago hacía once años que la pusimos nombre. El color de
su pelo se hizo señal de identidad, y desde aquel momento vivió entre nosotros
como uno más. La llamábamos Canela.
Incansable en el juego, te dejaba la pelota a los pies y se retiraba
marcha atrás, taimada, concentrada en tus movimientos. Era difícil engañarla,
tampoco aceptaba de buen grado las retiradas. El juego era su motivo, y, a
veces había que enfadarse con ella para que dejara sentarse a los invitados.
Todos los que poco o mucho pasaban por Villanueva eran sus amigos. Todos
conocían su extraordinario carácter y fomentaban sus inclinaciones de buen
grado, aún conociendo las limitaciones de una vejez que ha ido sufriendo, a nuestras espaldas sin una queja.
Su estado de libertad entre las casas del vecindario, no la impedía
sin embargo ladrar cuando alguien se acercaba con la intención de llegar a
nuestra puerta. Nunca pusimos timbre.
Hoy, Runa asumirá su papel, tomará posesión de la caseta con otro
nombre y pasará a darnos su compañía, pero el día será distinto, Canela ya dejó
de escribir su legado en nuestra memoria y vivirá en nosotros como una parte
más del recuerdo, como una presencia más
de la vida en nuestro entorno. Como algo querido.
El vivo dolor de la
ausencia me trae su presencia in
memorian.
UN PASEO A LA ERMITA
Ha dejado de llover. La tarde ha sido soleada y fresca. Hemos querido ver las avutardas que el otro día sorprendimos cerca de Arconada, pero no se han dejado ver. Es lo que tienen estos animales en peligro de extinción, hay tan pocos que casi nunca se ven.
La luz del otoño en el aire limpio, después de estos días de aguaceros, acercaba el paisaje de tal manera que te hacía sentir dentro de él.
Hemos paseado por la ribera del río. Comienzan ya los árboles a cambiar la tintada de sus hojas y algunos ya encanecen.
Hemos andado cogiendo bayas de escaramujo (me acordé de Luis María y su consejo de llevar guantes) y majuelo, y casi nos coge la noche de tan entretenidos como estábamos. Un cielo de malvas sobre un horizonte de nubes lejanas, y los últimos rayos sobre la cúpula de la ermita del río nos han ido despidiendo al paso.
Cuatro peregrinos a la vista cansados, dejaban la alameda y se acercaban al pueblo buscando albergue. Iban demasiado cargados para poder andar ligeros, demasiado equipaje.
Hay que sentirse motivados para emprender un viaje así, pensé.
Charo me tomó del brazo. Hay viajes que nunca terminan, no hay tiempo suficiente en una vida para llegar a conocerse.
Solo el vuelo del que ama se puede acercar al conocimiento. Y eso, es un don, no siempre se da.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
VILLASIRGA EN SILENCIO
La ventana de la gloria está aún por sellar. La quietud de la casa a orillas del trabajo me invita a su seno, a dejar testimonio, una vez más.
Pasan unos peregrinos. Vienen desde Villovieco por la orilla frondosa del Ucieza, los cristales antiguos rebelan su paso con un ligero temblor, perceptible en el silencio. Un reloj marca el mediodía.
Ya entra el otoño. Es tiempo de preparar leña y ordenarla bajo el cobijo.
Una vez retejada, la casa no tiene necesidades: las grietas en el yeso de las paredes, la falta de pintura, las puertas que no cierran, los cables colgando, los adobes deteriorados en el corral. Se puede convivir con ello, un tiempo al menos. Las necesidades importantes son las nuestras, nuestra falta de fortaleza ante la inclemencia del invierno, nuestra costumbre de dotar de una estética propia el entorno donde se vive, hasta nuestras manías mas tontas necesitan de atención y trabajo para quedar satisfechas. Es necesario que los quehaceres cotidianos nos den alguna tregua, nos dejen vivir y nos permitan sentir el tiempo que pasa.
A veces, nos hemos embarcado en gigantescas empresas de humo que mas tarde, anegados por sus vicisitudes, hemos visto volatizarse. Es hora ya de retomar la experiencia como la única inversión válida, el conocimiento como único camino, la búsqueda de serenidad como la meta más valiosa.
lunes, 31 de octubre de 2011
EL ARCA EN MI MEMORIA
Tenía veintitantos
años, un oficio y tres hijos ya, pero la
insatisfacción de pertenecer a un mundo caótico, y tener una visión dolorosa
del futuro, me hacían un peso pesado del pesimismo.
Conocimos en aquel tiempo a Lanza del Vasto,
filósofo, resuelto trabajador por la suprema libertad en el ser humano,
discípulo directo de Gandhi, y propulsor de unas comunidades humanas que
ejercían “la no violencia” como una
necesaria forma de relación.
El trabajo campesino, el oficio artesano, la
cultura activa eran directrices que movían el día a día de los distintos grupos
de compañeros. Eran comunidades donde los miembros cumplían votos y desarrollaban una espiritualidad universal por
encima de las diferentes religiones de cada uno.
En el 81 murió el hombre en La longuera. Unos
meses después entré a formar parte de aquel grupo, con toda la familia. Aún sin
votos, pude vivir durante años una experiencia que me ha
acompañado hasta hoy.
Amanecía una mañana de primavera después de un largo viaje desde el norte. El normal cansancio, había dado paso a una ligera excitación de llegar al final del viaje.
(Por entonces apenas intuíamos que el viaje
duraba toda la vida.)
El calor ya amenazaba sobre aquella primera hora, aún fresca.
El camino pasaba sobre una pequeña torrentera
por la que bajaba un palmo de agua. Dos roderas de vehículos salían, al otro
lado, subiendo una ligera pendiente. Un rebaño, esparcido en la ladera, buscaba
los brotes tiernos de la noche.
El futuro se me presentaba en los baches
profundos del camino, en la sequedad del aire bajo los olivos, en la soledad de
aquel pequeño valle entre cerros. El árido
paisaje se mantiene hasta remontar una pequeña cuesta que nos deja
literalmente colgados sobre las márgenes profundas y exuberantes del río Segura
Paramos el motor. Silencio. Un águila volaba
sobre el valle, delante de nuestra
mirada.
Suena un campanil lejano que parece darnos la
bienvenida aún antes de habernos visto. El cortijo se despertaba a lo lejos.
Nos esperaban, pero no en la mañana. Habíamos
tomado la decisión de viajar con los niños de noche, para acortarles el viaje.
Retomamos el camino. Despacio, rodamos hacia las
casas.
Paramos el motor antes de llegar, en un
pequeño entrante.
Salimos del coche estirándonos después de
doce horas de viaje.
Charo se aprestó a colocar las ropas de Eva, las coletas de Valle. Noé miraba el
camino por donde habíamos llegado, era una pista maderera colgada en la
vertical de un estrechamiento del valle;
desaparecía detrás de una pared para volver a aparecer un poco mas arriba, una
vez y otra.
Caminamos hacia las casas. Sentía las piernas tensas pero aquel silencio
me llenaba de un extraño sentimiento de
paz.
Mivako volvía a su casa en aquel momento por
un pasadizo que separaba el edificio del camino, se agachó bajo el puentecillo
que daba entrada a la casa que luego conoceríamos. Nos saludó cordial viniendo a nuestro encuentro y nos besó efusivamente.
Mas tarde supe que en la cultura japonesa el
beso es un acto que no se prodiga y ella lo había encontrado en la nuestra con
sana alegría.
Nos llevó
luego hacia el centro del poblado donde invitó a los niños a tocar el campanil.
Es la llamada de las ocho. Dijo, buscando el sol con la mirada. Se adelantó
unos pasos, cerró los ojos y respiró profundamente bebiendo toda la energía
naciente del día. Permaneció extática, relajada, en silencio ante la mirada
curiosa de los más pequeños. En su corta experiencia, por primera vez veían una
persona oriental, inmersa en un ritual extraño, en un valle solitario lejos de
casa.
Terminó la llamada, y empezaron a abrirse puertas y
acudir gente, algunos con herramientas, saludaban y se dirigían hacia distintos puntos, talleres y trabajos.
Los hombres eran casi todos jóvenes,
todos vestían sandalias de cuero basto. Las chicas usaban faldas largas y la
mayoría tenía largos cabellos.
Maite salió a recibirnos con brazos abiertos.
No sospechaba yo entonces que su amistad me iba a acompañar durante tantos años.
Extrañaba nuestra llegada en hora tan
temprana, pero nos inundó con su
sentimiento de acogida y nos sentimos bienvenidos.
LA LONGUERA
La Longuera es
un antiguo cortijo de propiedad comunal a orillas del río Segura, con sus
tierras de labor. Está circundada por pequeños riscos donde crecen pinos y matojos. Los campos de cultivo de
cereal están en las zonas altas, y una gran franja de regadío se abre en un
vallecito al pie de las casas construidas mirando al sur, en la ladera.
Nos asignaron un pequeño apartamento hecho en
los desvanes. Tenía una ventana sobre el valle,
una estufa de leña para el
invierno y un cierto sabor de simplicidad poética
No tardamos demasiado en vivir con
naturalidad el nuevo ritual y las costumbres tribales. El yoga al amanecer, el
trabajo sin nómina, las comidas en común, la hoguera al caer la tarde, los
encuentros y hasta las fiestas, todo estaba impregnado de una presencia que nos
hacía sentir la simplicidad de la vida.
Nada era ajeno, nada nos empujaba.
Trabajaba como carpintero con Benoite, un
muchacho belga que me enseñaba a dibujar para la talla y con quien
construí mano a mano el primer telar. A
veces ayudaba a Esperanza, “mujer bioquímica” quien se encargaba de las pequeñas obras y la
construcción, otras era Paco y su proyecto de acequia quien necesitaba una mano,
un pico y una pala. Otras veces el campo nos reclamaba a todos para cosechar el
arroz o recoger la aceituna.
Los niños eran ocho. Habíamos hecho en un
cuarto sobre la cocina una pequeña escuela que Carrión llevaba con una enorme
vocación y una gran dosis de guitarra.
Los días se sucedían en una paz que
creábamos, a espaldas del mundo.
La falta de luz eléctrica nos hacía vivir con
el sol. La falta de ayudas en el trabajo generaba músculo, potenciaba el
bienestar físico y desarrollaba la imaginación. El entorno, apartado de todo
ruido, bañado por las aguas cristalinas del río, donde los niños jugaban y
aprendían, era algo parecido a un paraíso, donde se cosechaba, se amasaba y se cocía el pan negro que comíamos con aceite.
Las noticias las traían gentes que
pasaban días entre nosotros, ayudando en las tareas y
compartiendo. Eran noticieros de un mundo lejano, extraño, pero que nos pertenecía. Queríamos dejar atrás
algo que era nuestro, tan enajenado como nosotros mismos, encontrar
una nueva manera de relacionarnos con el entorno. Buscando en nuestros límites
e incoherencias, encontrábamos los
excesos generales del momento.
En los encuentros se hablaba de la vida que
cada uno dejaba al otro lado, del lado de las familias y los amigos vecinos. De
la visión que te hacía tomar tal decisión. De las certezas y las dudas que te
acompañaban.
Nos conocíamos y aprendíamos todos los días a
conocernos mejor, a comprender las carencias y generar la disposición que te
permite ayudar, y así poder ayudarte. No
había más misterio.
EN ALBACETE
Me
encontré envuelto en mi poncho en medio de aquel universo, en una acción
pública con los compañeros de lista.
Era
el cruce más comercial de la ciudad manchega, seis de la tarde de un día
treinta y uno de diciembre frío y seco. Moría el año 1981.
Luces,
belenes, abetos con bolas y guirnaldas adornaban todos los escaparates de las
calles a concurso.
Las
aceras anchas y peatonales eran cauces en todas direcciones, la gente iba y
venía distraída en sus compras, en conversaciones sobre sus compras. Hacía un frío
intenso que empujaba las aceras. Nosotros, en ayuno todo el día, permanecíamos
de pie, en silencio, detrás de una pancarta. Yo, a veces, cerraba los ojos. No
sentía mis pies descalzos.
El
mundo es injusto. Debemos de tomar
conciencia de la injusticia, para poder paliarla. Tenemos la obligación de hacerle frente, con
los brazos caídos, sin agresividad en la mirada, sin lucha.
Desarrollar
en nosotros fuerza de espíritu y darnos como espectáculo cruel, al
consumo tibio de los satisfechos. Provocar.
Eso
pensaba cuando veía pasar ante mí aquel río de gentes con sus bolsas
rebosantes, enfundadas en sus pieles, en sus gabanes, a la última moda del
momento. Leia un rictus de desprecio
en algunos, cierta risa abierta en grupos
de adolescentes que pasaban.
El frío
y la inmovilidad me hacían daño, pero podía oler entre aquellas cuatro esquinas
la incomodidad que provocaba nuestra acción.
Aquella
sociedad provinciana y bienpensante no podía entender nuestra insatisfacción y
nuestra rebeldía, ni admitir nuestra presencia contestataria en aquellos
momentos de euforia. Y de ese hecho, obteníamos la fuerza.
A
veces alguien se paraba a nuestro lado y el frío se desvanecía ante un nuevo
empuje que sentías como una mano transmisora
de una verdad ecuménica, viva en muchos corazones.
Nuestra juventud y nuestra cuidada fortaleza
nos habían llevado a dar un testimonio
que, entre nosotros llegábamos a vivir con tonto orgullo, pero cuando
una viejecita se paraba un momento a tu lado y sentías su ánimo y su
sentimiento, podías recoger de su desvalida presencia toda esa energía de la vida
que busca permanecer. Y te sentías contento de poder poner voz a todos aquellos
que no la tienen. Una voz honda, hija de la sabiduría esparcida en todas las
culturas religiosas del mundo. Una voz antigua, renovada, contracultural en la forma, pero que anhela la paz como el
bien mas preciado.
El
pelo largo, la barba sin cuidar, pantalones de algodón, sandalias y una manta
campesina abierta y ribeteada por Charo en su papel de esposa y amiga, capaz de
hacer en su entorno con lo más simple, un bello poema.
La
voz, aquel día era silencio.
Lanza
del Vasto decía con sus palabras y su tono
siciliano:
“Si devuelves mal por mal, no
reparas el mal: lo duplicas.
¿Cómo puedes llamar bien al mal que devuelves?
Si para castigar al asesino, lo matas, no devolverás por eso la vida a su víctima. Habrá dos muertes en vez de una y dos asesinos: él y tú.
¿Cómo puedes afirmar que es un mal menor, cuando tu justicia exige un castigo igual al crimen?
¿Cómo puedes creer que es un modo de detener el mal, cuando tú mismo agregas un eslabón al que irán a unirse otros más?
Ya que el vencido aguarda su hora para tomarse el desquite
Si lo suprimes, lo vengará su hermano.
Si lo reduces a la servidumbre, te verás atado al otro extremo de la cuerda.
La violencia es un encadenamiento. El que piensa liberarse por su medio, forja su propia cadena.”
¿Cómo puedes llamar bien al mal que devuelves?
Si para castigar al asesino, lo matas, no devolverás por eso la vida a su víctima. Habrá dos muertes en vez de una y dos asesinos: él y tú.
¿Cómo puedes afirmar que es un mal menor, cuando tu justicia exige un castigo igual al crimen?
¿Cómo puedes creer que es un modo de detener el mal, cuando tú mismo agregas un eslabón al que irán a unirse otros más?
Ya que el vencido aguarda su hora para tomarse el desquite
Si lo suprimes, lo vengará su hermano.
Si lo reduces a la servidumbre, te verás atado al otro extremo de la cuerda.
La violencia es un encadenamiento. El que piensa liberarse por su medio, forja su propia cadena.”
No, no era un camino fácil ni falto de
especulaciones. Encontrar la propia paz, vivir en el grupo, compartir las
necesidades, lograr la comunicación era una realidad posible, pero en el día a
día se desvelaba como una utopía que el hombre busca y anhela, mientras pasa la
hoja del calendario.
PARA ELISA
Pilar dio a luz una niña sin esperanza de
vida. Las malformaciones de la natal eran insalvables. Durante veinte días, la
comunidad fue sometida a la prueba
terrible de la duda. En el hospital, la máquina seguía moviendo la sangre de
aquel pequeño corazón apagado mientras los padres buscaban sin remedio un signo,
una respuesta, un milagro.
A los veinte días, con gran coraje y todo el
dolor de una madre tomó al bebé en sus
brazos y llegaron al cortijo a mediodía.
Nos comunicábamos
a media voz. Esperábamos lo inevitable.
Era media tarde cuando hicieron sonar la
campana.
Se llena de silencios y cae como un
torbellino
el
tiempo en el mundo de la materia.
Y tú, Elisa, ausente en tu gélido mármol
vivido,
desde un mundo de transparencia, nos ofreces
la vida
como un perfume pasajero que se evapora en la
penumbra del otoño
como un aleteo que se aleja tras
sobrevolarnos.
Y al borde, con los ojos redondos como lunas
Recorremos el asombro, absortos en ese eco
que se aleja.
Subimos
por un pequeño sendero en silencio, hasta el pequeño alto donde había
crecido un corro de pinos. Algunos se
habían adelantado en la mañana y habían
cavado la pequeña fosa. Los carpinteros hicimos una pequeña caja de pino que
Benoite talló con la cruz.
Alguien entonó un canto de cuna, una
plegaria, un poema, lágrimas de silencio, un suspiro.
Las emociones de aquellos días, con el blanco
telón de la muerte al fondo de nuestro
escenario, las llevaré vivas hasta mi propia muerte.
LOS CHORREONES
EN LA TARDE
Caminábamos por la orilla del río hasta las
cuevas. En aquella zona el agua mansa de la corriente se convertía en rápidos
que en ciertas épocas eran transitables a pie descalzo. Cruzando el río podías
llegar a un paraje de una simple pero auténtica belleza.
Me gustaba permanecer allí contemplando la tarde.
El agua cantaba en un murmullo al gotear
desde distintas alturas, al pasar de la pileta al pequeño estanque abierto.
El musgo que adorna las paredes da frescura
en la calima. En la superficie del agua, entre plantas y el constante movimiento
de los zapateros se refleja imprecisa la
luz del aire. Una ligera brisa cálida mueve la
higuera nacida en un nudo de rocas. Luego se espesa el aire entre un
zumbido de moscas y el goteo del agua. Una
flor, de un rosa desvaído, flota temblorosa mientras se acerca.
La libélula ha muerto; con sus membranosas
alas extendidas y sus ojos color de liquen, la ha varado el agua, sin yo darme
cuenta, a mis pies como respuesta. Su vuelo y su vida han sido en este paisaje
pequeño un instante de belleza.
Pero la vida cotidiana en el cortijo no
estaba exenta de vicisitudes y de
íntimos enfrentamientos. Nuestra juventud varada a orillas del mundo no estaba hecha
para solo ser felices, cultivar la belleza y el campo y dar la espalda a otras
realidades. No podíamos negar nuestro pasado, ni olvidar lo que te empujaba.
Cada uno vivía alimentando su ambición, ya fuera religiosa, social o
existencial. Cada uno se enfrentaba cada día, al personaje que alimentaba, y
esa lucha se traducía en una visión crítica
y radical de todo, al final la perfección está más allá de nuestras
posibilidades y hay que aprender a aceptarlo.
Es cierto que en grupos como estos, en los
que los protagonistas pasan a ser una parte de todo, nace de forma espontánea
un cierto grado de sectarismo, En el
arca ese espíritu vanidoso solo se sustentaba en rémoras individuales mas que en la filosofía
y la política del grupo, como grupo.
Es imposible ser sectario si mantienes un
pensamiento global y tomas conciencia cada día de la pequeñez del ser humano
ante sus propios retos de supervivencia; pero cuando uno es joven, la propia
fortaleza y la natural inconsistencia
hacen ver el camino como una
conquista personal de la que sentirse
orgulloso y en ese humus nace sola la
pasión:
Haces un ayuno voluntario de varios días para
destacar el gasto bélico al que está sometida nuestra sociedad, y la
acción se establece casi como un
enfrentamiento en el que tú acabas estando fuera de esa misma sociedad, casi
proscrito por ella, mudo. Por ello te sientes aureolado en tu propio entorno,
acabas aceptando, al fin, una imagen que no te corresponde, y empieza otra vez
el baile de la insatisfacción personal.
Y la vida sigue…
Desde entonces mantengo que el maestro solo
enseña cuando el otro aprende, y como alumno siempre fui más bien lento. Viví aquella enseñanza y fui aprendiendo
a vivir, aún equivocado.
Aquella experiencia, vivida con pasión de
juventud, no pasó sin dejar en mí una profunda huella que advierto.
Aún en el desencuentro, y en las dudas de lo
vivido, aún en los tiempos en que la subsistencia me empujó por otros
derroteros, la semilla del trabajo
laborioso, y la aceptación de la diferencia han ido creciendo y marcando la labor
de mí existencia.
Apartado en la penumbra y aprendiendo de
ella, voy viendo evolucionar el mundo, aunque no sepa con certeza dónde va.
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