El día de Santiago hacía once años que la pusimos nombre. El color de
su pelo se hizo señal de identidad, y desde aquel momento vivió entre nosotros
como uno más. La llamábamos Canela.
Incansable en el juego, te dejaba la pelota a los pies y se retiraba
marcha atrás, taimada, concentrada en tus movimientos. Era difícil engañarla,
tampoco aceptaba de buen grado las retiradas. El juego era su motivo, y, a
veces había que enfadarse con ella para que dejara sentarse a los invitados.
Todos los que poco o mucho pasaban por Villanueva eran sus amigos. Todos
conocían su extraordinario carácter y fomentaban sus inclinaciones de buen
grado, aún conociendo las limitaciones de una vejez que ha ido sufriendo, a nuestras espaldas sin una queja.
Su estado de libertad entre las casas del vecindario, no la impedía
sin embargo ladrar cuando alguien se acercaba con la intención de llegar a
nuestra puerta. Nunca pusimos timbre.
Hoy, Runa asumirá su papel, tomará posesión de la caseta con otro
nombre y pasará a darnos su compañía, pero el día será distinto, Canela ya dejó
de escribir su legado en nuestra memoria y vivirá en nosotros como una parte
más del recuerdo, como una presencia más
de la vida en nuestro entorno. Como algo querido.
El vivo dolor de la
ausencia me trae su presencia in
memorian.

😢
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