jueves, 3 de noviembre de 2011

UN PASEO A LA ERMITA



Ha dejado de llover. La tarde ha sido soleada y fresca. Hemos querido ver las avutardas que el otro día  sorprendimos cerca  de Arconada, pero no se han dejado ver. Es lo que tienen estos animales en peligro de extinción, hay tan pocos que casi nunca se ven.
La luz del  otoño en el aire limpio, después de estos días de aguaceros, acercaba el paisaje de tal manera que te hacía sentir dentro de él.
Hemos paseado por la ribera del río. Comienzan ya  los árboles a  cambiar la tintada de sus hojas y algunos ya encanecen.
Hemos andado cogiendo bayas de escaramujo (me acordé de Luis María y su consejo de llevar guantes) y  majuelo, y casi nos coge la noche de tan entretenidos como estábamos. Un cielo de malvas sobre un horizonte de nubes lejanas, y los  últimos rayos  sobre la cúpula de la ermita del río nos han ido despidiendo al paso.
Cuatro peregrinos a la vista cansados, dejaban la alameda y se acercaban al pueblo buscando albergue. Iban demasiado cargados para poder andar ligeros, demasiado equipaje.
Hay que sentirse motivados para emprender un viaje así, pensé.
Charo me tomó del brazo. Hay viajes que nunca terminan, no hay tiempo suficiente en una vida para llegar a conocerse.
Solo el vuelo del que ama se puede acercar  al conocimiento. Y eso, es un don, no siempre se da.











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