La ventana de la gloria está aún por sellar. La quietud de la casa a orillas del trabajo me invita a su seno, a dejar testimonio, una vez más.
Pasan unos peregrinos. Vienen desde Villovieco por la orilla frondosa del Ucieza, los cristales antiguos rebelan su paso con un ligero temblor, perceptible en el silencio. Un reloj marca el mediodía.
Ya entra el otoño. Es tiempo de preparar leña y ordenarla bajo el cobijo.
Una vez retejada, la casa no tiene necesidades: las grietas en el yeso de las paredes, la falta de pintura, las puertas que no cierran, los cables colgando, los adobes deteriorados en el corral. Se puede convivir con ello, un tiempo al menos. Las necesidades importantes son las nuestras, nuestra falta de fortaleza ante la inclemencia del invierno, nuestra costumbre de dotar de una estética propia el entorno donde se vive, hasta nuestras manías mas tontas necesitan de atención y trabajo para quedar satisfechas. Es necesario que los quehaceres cotidianos nos den alguna tregua, nos dejen vivir y nos permitan sentir el tiempo que pasa.
A veces, nos hemos embarcado en gigantescas empresas de humo que mas tarde, anegados por sus vicisitudes, hemos visto volatizarse. Es hora ya de retomar la experiencia como la única inversión válida, el conocimiento como único camino, la búsqueda de serenidad como la meta más valiosa.
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